Hoy no tengo ganas de nada. Ya comienzan los días grises, cuando la melancolía trepa por tu espalda, se mete en tu cabeza y toma posesión de tu cuerpo sin pedir permiso. Tengo la sensación de haber metido los pies en un gran charco, el agua ya sube hasta mis rodillas y no sé si dejar que me ahogue.
Este fin de semana no ha estado mal, por lo menos conseguí irme a casa pronto un día. Salimos el viernes al viris, charla que te charla, baila que te baila y bebe que te bebe. Un buen rato en el Junco, con Mery y Amelia, un rato en casa de Iván y luego zas, le doy una ostia al coche de mi madre en casa de María, mientras esperaba a que se cambiase de ropa para llevarla al curro (sí otra vez lo hicimos, vimos salir el sol).
Sábado de compras, luchando a brazo partido con la muchedumbre que abarrotaba todas y cada una de las tiendas de Fuencarral. Noche en el viris, con Marti y Nuri, que se dieron demasiado pronto de baja. Terminamos en la fiesta, o la siesta o cómo se llame ese garito de mierda. Cansada de tanta risa estúpida y tanto agobio persecutorio decidí, inteligentemente irme pronto a casa. Y dormí, por fin.
Tras una semana donde la media de sueño apenas había superado las cuatro horas diarias, conseguí dormir doce horas seguidas, y dos de siesta. Pero, aunque no lo parezca, esto también tuvo su parte negativa. El domingo por la tarde estaba como una rosa, y no dude en apuntarme al plan de Mery y Amelia, junto con Silvia que vino luego. Y lo que iban a ser unas cañas tranquilas en la Ida terminaron siendo varias copas en el viris. Hoy, pagando los excesos, afronto este día gris con la moral por los suelos.
Por los suelos porque no me gusta, o si. Ando, subo, bajo, me lio y luego pienso en que estoy metiendo al pata. El problema es que mi percepción de las cosas es diferente, seguramente demasiado egoísta.

Y si fuese posible saltar al vacio
volar sin alas
soñar sin sueño
gritar sin voz
y mecerte en el susurro del silencio